SUBJETIVIDAD Y POSVERDAD EN ÉPOCAS DE LA DIGITALIDAD

Martín Samuel Espinosa de los Monteros, psicólogo clínico, psicoterapeuta y criminólogo.

No es de sorprendernos que la participación en espacios virtuales sea cada vez más amplia y personal en nuestra sociedad, pues se ha vuelto el entorno digital el lugar de mayor expresión personal (y me atrevería a decir social). Por otro lado, la tecnología ha llegado a revolucionar tanto al ser humano que, dentro de su creación y uso, hemos llegado nosotros a ser quienes, en pro de su utilidad y sus facilidades, nos hemos vuelto dependientes de ella.

Articular la tecnología y los avances que ella trae con un componente tan instintivo y básico del ser humano como lo es la conducta, nos da por resultado los diversos fenómenos sociales, culturales, mentales y políticos que estamos vivenciando en estos tiempos.

Si hablásemos nosotros de conducta, nosotros asociaríamos a esta como un factor elemental, evolutivo y de adaptación que busca brindar al ser humano, si no es una mejoría en su vida, lo es el adaptarse y subsistir, pero ¿qué sucede cuando la expresión humana se mezcla con el vertiginoso avance tecnológico?

No es de sorprenderse la facilidad de acceso electrónico que vivimos actualmente. La relación que existe no solo en el medio que nos rodea a nivel físico, sino en el componente de identidad sociedad, nos lleva a hallarnos en una posición donde la tecnología se vuelve otra necesidad básica dentro de las urbes, hogares, academias y, en sí, en la vida nuestra.

Tal como cualquier otro elemento, la tecnología por sí misma no es una herramienta de control, ni mucho menos obedece a un factor de conspiración o poder. Abordándolo así, somos nosotros quienes, en búsqueda de una solución a cualquier duda o demanda, recurrimos a ella en pro de un resultado. Y es aquí donde surge la necesidad de su uso.

Desde los ámbitos más estrictos y puntuales hasta las situaciones más banales y superfluas, la tecnología ha llegado a brindar al ser humano un acceso, control y alcance que, como toda acción que no se es medida a conciencia y voluntad, se nos ha ido de la mano, llegando a necesitarla cada vez más.

El hecho de comunicar, de expresar, opinar y hasta de quejarse es parte vital de la relación del ser humano consigo mismo y con su entorno. En nuestra actualidad, la comunicación escala a un espacio donde esta no solo busca su esencia de relacionarse con el otro, sino de darnos voz y forma a nosotros mismos.

Dialogar, debatir y charlar son, en principio, conductas del lenguaje que el ser humano desarrolla y pule a través no solo de su desarrollo humano, sino social. Sea cual sea el fin del mismo, el lenguaje y su expresión se han vuelto una necesidad de cada cultura y sujeto para poder adaptarse, sobrevivir y coexistir.

Entonces, ¿De dónde parte el hecho de la conducta mediada por la tecnología? Evidenciar a esta herramienta ya no solo como un avance social, pues su impacto atraviesa los diversos espacios, llegando a incrustarse en todo ámbito de vida cotidiana. Es aquí donde surge la crisis conductual frente a la tecnología.

Brindar al sujeto un medio de comunicación que supera lo tradicional se volvió tan útil y a su vez riesgoso que, en dicha manera de comunicarse, el ser humano fue desadaptándose. El espacio virtual se vuelve un entorno serio y demandado que empuja a sus usuarios a relacionarse y, en dicho fenómeno social, a disgregarse.

Pero el problema como tal no es la digitalidad y sus entornos virtuales, es el uso que se le da a ellos, y lastimosamente, somos nosotros quienes creamos la identidad, significado y concepto del mismo. Aquí surgen los principales problemas conductuales en las épocas digitales:

  1. Entornos no controlados de manera usual. Pues en la virtualidad se rigen otro tipo de normas que flexibilizan la comunicación y expresión de ideas, las mismas que en su acción llegan a sobrepasar los límites tradicionales.
  2. La cercanía tergiversada. El comunicarse es un requerimiento obligatorio en la dinámica de la relación humana. Comunicarse significa expresarse ante el otro, relacionarse. Se vuelve un comportamiento que abarca en él la emocionalidad, intencionalidad y actuar del uno ante el prójimo, en la virtualidad, el mensaje y su comunicación se definen en tan solo la idea expresada y el canal en el que se lo hace, lo que vuelve al lenguaje y su comunicación una expresión carente de complejidad.
  3. El vínculo con el otro y su distancia. Si bien es cierto que la tecnología llegó para volver los hábitos humanos mucho más accesibles y fáciles, cuando esta se establece y nosotros empezamos a verla ya no solo como una herramienta, sino como una necesidad, nuestra realidad y entorno se alteran. Vincularse mediante la tecnología pasó de ser el contacto textual y telefónico inmediato a ser metaespacios y entornos sociales. Sociedades virtuales, grupos, colectivos y espacios de interacción se conforman, que desplazan la necesidad de salir y buscar al otro para el diálogo, llegando a empujarlo al mundo digital y su red. Es en este entorno donde nosotros podemos configurar la idea de que las culturas y sociedades se han visto obligadas a llevar los espacios de interacción a estos nuevos entornos, teniendo que adaptarse y, a su vez, moldearse y condicionarse a los mismos.
  4. La falsa idea de libertad. La expresión de ideas y su libertad para hacerlo es un derecho humano que la gran mayoría de la población tiene, y son las redes sociales quienes retroalimentan la idea de espacios de libertad y opinión, idea que está lejos de la verdad. Los espacios virtuales vistos desde el factor social son canales de falsa expresión, pues no alteran la realidad del sujeto, más allá de la palabra.
  5. El espacio digital como pseudorealidad. Al hablar nosotros de entornos digitales, se debe comprender la relación existente entre lo que respecta a la realidad del sujeto en contraste con la expresión y visualización del yo en el espacio virtual. Es en esta comparativa y disyuntiva donde existe en el ser una división entre la forma física y la forma digital, entre el contenido de quien soy en redes y quien soy en la vida cotidiana.

El comprender cómo el entorno tiende a tergiversar la conducta humana nos lleva a preguntarnos la fragilidad que nos comprende como sujetos en cuanto refiere a nuestra forma de actuar y pensar.

Señalar culpables a estas alturas es perder el tiempo. La responsabilidad de dichos cambios conductuales condicionados por un espacio que existe tan solo en dispositivos electrónicos con acceso a wifi es tanto de quienes ven y hacen a estos espacios un entorno indispensable e identitario de su vida, como de la cultura que empuja al consumo de los mismos.

Ahora, el verdadero desafío en nuestro entorno es el volver a hacer de la tecnología y sus áreas herramientas de beneficio humano, pero de manera consciente. Es en la conciencia y voluntad de la acción donde nosotros podemos comprender que el uso y legitimidad de las mismas deben tener un uso coherente, consecuente y útil.

Ante la ola vertiginosa de los avances tecnológicos, el nosotros mismos entendernos y conservar los rituales de comunicación y sus diversos espacios tradicionales es una urgencia, no solo frente a lo que es la revolución tecnológica y la pérdida de la identidad que la misma conlleva, sino para subsistir la esencia e identidad que nos comprende a nosotros como sociedad y humanos.